¿Cobro muy poco como freelance? La cola del súper me lo dijo
2026-10-13
Sábado, once y media de la mañana. Estás en la cola del supermercado con una bolsa de naranjas, pan y un paquete de café que no estaba en la lista.
Detrás de ti, una voz conocida: "¡Lucía! ¿Tú por aquí?"
Es Raquel, una excompañera de la agencia donde empezaste hace años. Ella sigue allí. Os ponéis al día en voz baja, entre el pitido de la caja y el carro de alguien que te roza el tobillo.
"¿Y tú qué tal como autónoma? ¿Mucho trabajo?"
"Mucho, sí", dices. Y es verdad. Lo que no dices es lo siguiente.
La respuesta que no sale
Raquel sonríe y suelta, sin mala intención: "Oye, una amiga necesita un logo y una web sencilla. ¿Cuánto cobras más o menos?"
La cajera pasa tus naranjas. Tú abres la boca y notas que el número no está. O está, pero cambia según quién pregunte y qué día sea.
"Depende", contestas. "Lo miro y le mando algo."
Es una buena respuesta. Suena profesional. Pero tú sabes lo que es: una puerta de salida.
Pagas, coges la bolsa y sales al sol con una sensación rara en el estómago. No es pánico. Es algo más pequeño y más pesado. La sospecha de que llevas meses poniendo precios a ojo y que casi siempre se te queda corto.
Lo que esa sospecha ya te estaba costando
Caminas a casa y empiezas a recordar, sin querer.
El cliente que dijo "es algo rápido" y se convirtió en tres semanas de correos. El presupuesto que mandaste con un nudo en la garganta, bajándolo un poco más antes de darle a enviar, por si acaso. La vez que alguien dijo "vale, perfecto" demasiado rápido, y tú pensaste: debí pedir más.
Nadie te lo cuenta cuando te das de alta, pero cobrar poco rara vez se nota de golpe. Se nota en pequeñas cosas:
- En ese resentimiento tibio hacia un cliente que, en el fondo, solo pagó lo que tú le pediste.
- En decir que sí a todo porque "con lo que cobro, necesito más proyectos".
- En mirar la cuenta a final de mes y no entender por qué, con tanto trabajo, no sobra nada.
- En esa vocecita que susurra que quizá no eres una empresa de verdad, sino alguien que va tirando.
Y lo más injusto es que trabajas bien. Tus clientes te recomiendan. Pero tu tarifa nunca la has puesto tú: la ha puesto el miedo.
El café frío de la tarde
En casa guardas la compra y te sientas a la mesa de la cocina con el café. Abres el portátil, no para trabajar, sino para mirar.
Te das cuenta de algo incómodo: no sabes cuánto necesitas ganar al mes para que todo esto tenga sentido. Sabes cuánto te gustaría. Sabes cuánto cobra Raquel en la agencia, más o menos. Pero tu propio mínimo, ese número por debajo del cual trabajar te sale caro, nunca lo has escrito en ningún sitio.
Por eso no te sale la respuesta en una cola de supermercado. No es falta de valentía. Es que no hay nada firme debajo de los pies.
Te apoyas en el respaldo de la silla. Y por primera vez en mucho tiempo la idea no te da vergüenza, solo claridad: no necesito ser más valiente. Necesito un número.
Un número que no dependa de mi humor, ni de la cara del cliente, ni de si me cayó bien. Algo tranquilo, sacado de mi propia vida: lo que gasto, lo que quiero descansar, las horas que de verdad facturo y no solo las que trabajo.
No hace falta nada complicado. Solo sentarte una vez, con calma, y dejar de adivinar.
Un lunes distinto
Imagina el lunes siguiente.
Te llega un mensaje: "Hola, ¿cuánto sería una web de cinco páginas?"
Antes habrías contestado con el estómago encogido. Ahora lees el mensaje, respiras y miras tu cifra. No es un secreto ni una defensa, es simplemente tu tarifa. Escribes el presupuesto con voz tranquila, sin pedir perdón por cada coma.
Si el cliente dice que sí, bien. Si dice que es mucho, también está bien. Ya no tiembla nada, porque sabes que por debajo de ese precio el trabajo te saldría caro a ti.
A las seis cierras el portátil. No porque hayas terminado todo, sino porque ya no sientes que tienes que compensar con horas lo que te falta en precio.
Y la próxima vez que alguien en una cola te pregunte "¿cuánto cobras?", sonríes y lo dices. Sin "depende". Sin puerta de salida.
Si te has reconocido en la cola
Si esta historia te ha sonado, quizá te sirva empezar por lo más sencillo: encontrar tu mínimo por hora y por día, y tener a mano una factura limpia para enviarla sin dudar.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.